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"Lo que hace la otra mano", por Carlos Bitrián y Belén Boloqui

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El meandro de Ranillas en la maqueta de Zaragoza expuesta en la Expo. Fotografía Apudepa. Reproducimos el artículo de APUDEPA publicado por Heraldo de Aragón en su edición de 17 de julio de 2008.

Zaragoza conmemora este año uno de los hechos más importantes de su historia: los trágicos sucesos derivados de la invasión napoleónica que causaron la destrucción parcial de la ciudad en 1808 y 1809. Se diría que, desde entonces, Zaragoza siente cíclicamente la necesidad de restituirse, de reconstruirse a sí misma en busca de la reparación de un alma herida, de un espíritu tutelar perdido. Algo falso se descubre en este discurso, sin embargo, cuando se comprueba que tal reconstrucción es significativamente parcial y selectiva, dirigida muy principalmente a promover el movimiento de capital; que ese pretendido hacer reparador se compatibiliza con el mantenimiento de injustas condiciones de vida y se hace cómplice de una política continuada de maltrato a la ciudad consolidada.

Suele olvidarse que aquello a cuya reparación tan vehementemente se llama (la “autoestima” de la ciudad expresada en su monumentalidad, su belleza, su apariencia, su interés urbanístico) no sufrió tanto durante la invasión como con la posterior gestión que de la ciudad han hecho las élites locales hasta nuestros días. Porque la reconstrucción (redestrucción) de Zaragoza durante la posguerra se fundió con la especulación urbanística que ya no nos ha abandonado desde las primeras desamortizaciones.

Paradójicamente, la Zaragoza obsesionada por la creación de nuevos iconos sigue siendo una de las ciudades más desconsideradas con la belleza histórica de su faz, con su arquitectura tradicional y su tejido urbano, siguiendo una política ciega que tiene hoy su más firme expresión en la voluntad de derribo del Teatro Fleta.

La ciudad sigue sin responder a una concepción global de un orden más equilibrado y justo, que contribuya al mejoramiento de las condiciones de vida del conjunto de ciudadanos. Se expande inconexamente a golpe de operaciones inmobiliarias, valorándose las cualidades de su espacio en función de su mayor aportación a los procesos financieros y de consumo. Proliferan moles comerciales, espacios privados que pretenden suplantar el lugar colectivo y edificios creados para expresar el dominio de la empresa y su hegemonía sobre la ciudad (WTC y Centros Comerciales del Actur, Pla-za, Puerto Venecia…). Mientras tanto, las infraviviendas, los inmuebles abandonados y el aislamiento aumentan en el Centro Histórico y en algunas zonas periféricas, faltas de equipamientos, manteniéndose lamentablemente condiciones de vida injustas.

La convivencia (y aún la complicidad) de ese ímpetu reparador de la ciudad con los soterrados movimientos que la siguen maltratando, responde a un modelo de ciudad (de sistema) que, queriendo parcializar la comprensión de los fenómenos y excluir al conjunto en la toma de decisiones, basa su éxito en que no sepa la mano izquierda cuanto hace la derecha. Es la lógica que posibilita que las instituciones que promueven sesudas Tribunas del Agua para el Desarrollo Sostenible impulsen en el paraje rural de Monegros un megacomplejo deslocalizado de casinos y parques temáticos.

El afán cíclico de gran reparación de Zaragoza, que en 1908 se manifestó mediante la Exposición Hispano-Francesa, toma ahora la forma de Exposición Internacional del Agua. Y deja algunas muestras de buena arquitectura en el meandro de Ranillas. Para conocer su fortuna, sin embargo, será decisivo el modo en que sirva al ciudadano el espacio de la antigua zona de huertas. De su aportación a la vida de la ciudad y de su contribución a la mejora de la Zaragoza desigual y abandonada dependerá buena parte del éxito o el fracaso de la operación urbana. Las intenciones que conocemos son desalentadoras: el meandro amenaza con convertirse en una colección de recintos cercados y segregados en que la función del espacio común puede limitarse a invitar seductoramente al consumo. Se anuncia la privatización de buena parte del interesante Parque del Agua mediante un programa de usos que parece poco adecuado para un nuevo espacio cívico: campo de golf, centro termal, apartotel, escuela de hípica y juegos de aventura desaprovechan el gran atractivo de su raigambre agrícola.

Pese a la manifiesta falta de equipamientos, los usos previstos para la mayoría de edificios son empresariales y administrativos. Para evitar que el recinto se convierta en una “reserva” para ejecutivos y turistas es imprescindible que las administraciones públicas conserven en la debida proporción la propiedad y la gestión del espacio Expo, propiciando que sea el conjunto de ciudadanos el que encuentre su uso y su destino.

Frente a la exaltación de la ciudad en cuanto que “marca”, “logotipo” o espacio exclusivo de negocio, cabe una reivindicación de la ciudad como lugar común, del lenguaje y de la política, hija del diálogo fructífero entre sus ciudadanos. Esa ciudad es la que proponemos: una ciudad que sepa lo que hace con cada una de sus manos, una suerte de “ciudad dialéctica” frente al monólogo abrumador de la retórica mercadotécnica a que nos tiene acostumbrados el regir de los intereses creados.

Carlos Bitrián Varea y Belén Boloqui Larraya son miembros de la Junta de APUDEPA.

17/07/2008 21:49. apudepa #. Opinión

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apudepa

Discordia

Enhorabuena. Leí ayer el artículo en Heraldo. Da gusto oir otras palabras y sobre todo otras ideas.

Fecha: 18/07/2008 09:18.


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