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APUDEPA

Sociedad y Paisaje por Ángel Marco Barea del colectivo Sollavientos

 Les presentamos del Diario de Teruel,  Lunes, 24 Enero 2011, un artículo de interés general porque muestra la  importancia de la conservación del paisaje y la participación ciudadana,  participación que no es de interés  habitualmente en nuestras esferas administrativas, ni políticas, porque omiten con extrema facilidad  la participación real de la sociedad en las consultas previas a las tomas de decisiones del tema que nos ocupa, el paisaje, posicionamiento que está acarreando, en la actualidad,  una enorme pérdida social, medio ambiental, cultural y económica de nuestro territorio. Gran Escala en Monegros podría representar la cúspide del mal gobierno sobre el paisaje y la ordenación del  territorio, aunque hay otros muchos ejemplos, a lo largo y ancho del territorio. Expo Paisajes en la orla Este de Zaragoza, otro mal modelo.

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TRIBUNA ABIERTA

Sociedad y paisaje en El Diario de Teruel, 21/01/2011

 por ÁNGEL MARCO BAREA del Colectivo Sollavientos

Es creciente la presencia de voces de la sociedad que, bien mediante artículos de opinión en la prensa,  presentación de alegaciones en procesos de información pública de proyectos de minas o infraestructuras, o en el intercambio de opiniones, muestran su preocupación por los  cambios en el paisaje.

Esto no debe entenderse  únicamente como  una crítica al modelo socioeconómico industrial  asentado  en la creencia de que desarrollo y progreso van unidos a crecimiento sin límites, sino como una demanda de cauces  para colaborar en fórmulas de consenso para definir el futuro.

Con frecuencia no vemos con buenos ojos cómo el paisaje del territorio donde vivimos es modificado por  elementos industriales (líneas de alta tensión, parques eólicos, canteras)  o por una explotación intensiva de los recursos agrícolas, ganaderos y forestales.

Ello indica que   en los procesos de autorización de esos proyectos se ha olvidado una participación directa de la sociedad afectada respecto a aspectos cruciales de su calidad de vida.

Aunque esos elementos se presenten como  una llegada del desarrollo, deben ser los afectados los que decidan  qué valores lo simbolizan  realmente.

Muy probablemente, el rechazo por grupos sociales, y la simpatía de gran parte de la población a esas voces que se alzan en contra, indican que una amplia mayoría no observa que traigan el tipo de riqueza que quieren para sí, ni sienten que ésa sea la manera en que debemos crecer personal y socialmente.

No nos estamos refiriendo al impacto sobre paisajes de naturaleza primigenia. Nuestro territorio ha sufrido una gran transformación, fruto de las diferentes sociedades que lo han ocupado. La ganadería y la agricultura han transformado lo que en su momento debieron de ser bosques en extensas parameras de cultivo de secano o de  vegetación rala aprovechable por el ganado. Los bosques que subsisten recuerdan la necesidad de madera y leña de los habitantes, y por ello no constituyen verdaderos bosques biodiversos.


Pero este territorio simboliza  la identidad con nuestro pasado.
Por ello aceptamos las actividades endógenas responsables de su modelado y rechazamos que sufra una nueva transformación,  si ésta  se lleva a cabo por actividades  exógenas que no van a revitalizar el  tejido social.

El paisaje que hoy observamos contiene  no sólo elementos culturales, sino también   elementos naturales  con valor estético y que simbolizan la buena salud de un ecosistema capaz de ofrecernos bienes ambientales: oxígeno, sumidero de CO2, agua de calidad, control de la erosión,  suelo capaz de soportar la  regeneración de bosques, de cultivos, de pastos…

 Es cierto que el éxodo rural ha traído el abandono de actividades agrarias y ganaderas y la autoregeneración de masas forestales. Esto  ha conllevado la sustitución  de diversas especies animales  antaño abundantes  por otras  a las que las nueva situación favorece (corzo, jabalí, cabra montés….). Todo ello  ofrece vías de desarrollo en torno al sector servicios  en la forma de turismo de naturaleza,  demandado por un amplio sector de la sociedad urbana.

En la actualidad existen herramientas surgidas del,  como las llamadas Cartas del Paisaje, que posibilitan el debate social respecto  a cómo queremos  el lugar donde deseamos vivir.  Es una apuesta por fórmulas de participación pública garantes del consenso social sobre la planificación del futuro del territorio. Es cierto que se requiere de criterios y personal técnico para conservar y regenerar el paisaje, pero los objetivos deben surgir de esas apreciaciones de los habitantes, atendiendo a lo que el paisaje simboliza para ellos: un medio de vida, unos valores patrimoniales, una identidad, una espiritualidad.

La falta de participación pública en las decisiones sobre el territorio conlleva que esas voces disonantes sobre las líneas fijadas por los gobiernos  autonómicos  o locales sean recogidas con agrado por una amplia mayoría de la sociedad. No se desea  que la planificación  sobre el futuro del territorio, que la toma de decisiones trascendentales sobre el lugar donde hemos decidido vivir, surja de foros cerrados.  Ese es el matiz que marca la diferencia entre   democracia directa y democracia representativa.

*Colectivo Sollavientos

 

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