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SÍMBOLOS DE LA CIUDAD

SÍMBOLOS DE LA CIUDAD

Foto Apudepa, 2010

SÍMBOLOS DE LA CIUDAD

por Alfredo Pérez Palacios, sociólogo

Heraldo de Aragón, 3 de febrero de 2010, pág. 22, 

Disfruto paseando por los senderos del Ebro. Fueron obras complementarias de la Expo; no la necesitaban. Voy contracorriente, intentando leer en el eje más simbólico de la ciudad los significados de los antiguos y de los nuevos iconos de la Zaragoza del XXI, como les gusta a algunos predicadores de la autoestima. Dejo atrás el azud, convertido en símbolo de la inflexibilidad política y de la pérdida del sentido de la realidad. Lo que lo hace más lamentable es el tamaño de los barcos: pequeñas embarcaciones nos harían más autónomos, sería más barato y agradable, aunque menos parisino.

Río arriba, los leones del Puente de Piedra, las distintas torres de la ciudad bimilenaria aparecen cargados de significado y sentido. De valores que dan identidad cultural a la ciudad porque han sido interpretados, aceptados e interiorizados por la mayoría de los ciudadanos. Símbolos que con la secularización han evolucionado hacia valores democráticos, pero siguen siéndolo del poder religioso.

Entro en el recinto de la Expo. Identifico el antiguo pabellón del Faro, donde debatían las oenegés los problemas mundiales del agua, mientras jefes de Estado e intelectuales lo hacían en el pabellón de al lado, para juntar luego conclusiones. No he entendido esa separación y unión. La maqueta del Faro me recuerda la película "Cariño, he encogido a los niños". Siento no saber quiénes son los padres. Quizá la maqueta es una urna que guarda, incorrupta, la Carta del Agua para mejores tiempos.

El pabellón símbolo de los movimientos sociales, constructivamente el más coherente con los principios de la Expo, no pudo ser salvado. Los padres no le vieron sentido ni utilidad. Solución, encogerlo "in des-memoriam". Todos a casa que vienen las empresas ¿Vendrán?

La Torre del Agua, icono por excelencia, que no sé interpretar y será gestionada por la CAI, hoy aragonesa  y mañana ya se verá. Como dice mi amigo Alberto, es una torre hueca y más hueca después de trocear la escultura que contenía y que, de momento nadie ha querido reinstalar.

El Pabellón Puente. Lo atravieso, propongo llamarlo puente para que produzca menos frustración. Es el equipamiento más caro de la ciudad. Parecería que primero se eligió una firma de prestigio mundial y luego se sejó a su genialidad la obra a realizar. Y la rutilancia de la firma sedujo a los gestores y ahí está el pabellón, esperando el uso que Ibercaja definirá. Segundo símbolo gestionado y mantenido por otra caja de ahorros. Imagino que gratuitamente no lo hacen y para tener pérdidas, tampoco. No lo entiendo me falta información y que alguien lo explicara bien.

Entre los símbolos post-Expo, gestionados por las cajas, y los tradicionales, en manos de un poder religioso secularizado, me quedo con los leones, los senderos del río y seguir trabajando para que Zaragoza sea identificada como la ciudad con la tasa mas alta de teatros, librerías, cines, auditorios, lectores, espectadores..... y la más baja de abandono y fracaso escolar, con las mejores políticas de reinserción, con las mejores cualificaciones profesionales y centros de investigación. Y si es verdad que muchos nos apuntamos a esto, pues a trabajarlo. Y las instituciones, a materializarlo en los presupuestos y en el abandono de las aventuras de la agenda política: campo de fútbol nuevo, Expofloralia, capital cultural... El exceso de autoestima se llama megalomanía y la megalomanía deforma la realidad y hace pequeñitos a los ciudadanos.

 

 

 

La cultura participada (o como compatibilizar Fernando el "Catolico" con los Derechos "Umanos")

La cultura participada (o como compatibilizar Fernando el "Catolico" con los Derechos "Umanos")

Sabe Dios que en APUDEPA escribimos mucho. Y sabe también que de vez en cuando nos equivocamos porque las palabras las carga el diablo y la escritura perfecta está reservada, como debe ser, a un pequeño grupo de privilegiados. Así que cuando en los demás o en nosotros mismos observamos alguna falta, la corregimos mentalmente y comprendemos el desliz. Hecha esta reserva, conviene aclarar que es algo más serio el caso que ahora les comentamos.

Resulta que José Luis Cano, célebre y admirado dibujante, ha publicado en su Blog una carta remitida por Fernando Rivarés. No nos importa lo más mínimo lo que la carta dice sino que está escrita por el director del "Proceso de Participación del Plan Integral de Cultura de Zaragoza y para la Candidatura de Zaragoza para la Capitalidad Cultural Europea 2016”. Y que está plagada de faltas de ortografía. Tras un vistazo apuntamos que las palabras “debí”, “cargármelo”, “habré”, “pintáis”, “esté” y “discúlpame” se escriben con su respectiva tilde.

Que el director del “Plan Integral de Cultura” y de la propuesta para declarar a Zaragoza “Capital Europea de la Cultura” no escriba más o menos dignamente (siendo además que es periodista) nos llama la atención. No parece que el problema se deba a lo apresurado o lo informal del texto, pues en su mismo Blog se presenta como profesor en un Master en vez de en un Máster y tiene como primer post un escrito de 132 palabras entre las que se encuentran humoristico (por humorístico) y aqui (por aquí). Que en sus artículos de prensa se cuelen cosas como “¿y ahora que vais a hacer?” en vez de “¿y ahora qué vais a hacer?” nos eriza el vello porque nos hace preguntarnos si el corrector de El Periódico es humano o, peor, informático (word).

Y ustedes se preguntarán, de pronto: ¿Y por qué hoy esta mala leche? Al fin y al cabo del señor Rivarés no sabemos más que a buen seguro es una bella persona, un portento cultural en el Ayuntamiento de Zaragoza y que le resulta fácil criticar al PAR y un poco más difícil criticar al SOE. Pues la leche nos la ha puesto el proceso de “participación” “cultural” que dirige el señor Rivarés y que, fundamentalmente, consiste en la construcción de una marca de ciudad para posicionarse bien en términos empresariales en el panorama competitivo de los grandes eventos urbanos. Cosa que no es cultura sino marketing.

El artículo que nos da cuenta de todo esto (es divertido si uno sabe abstraerse) nos informa de una de las propuestas principales, la de nombrar a un “funcionario que gestione en positivo y desde ya todas las propuestas e iniciativas que surjen”. Sí, sí, han leído bien. No nos hace tanta gracia que el periodista escriba “surjen” en vez de “surgen” (tal vez porque la frase se atribuye al señor Rivarés, que bien pudo hablar con j en vez de con g), como que se le haga esta propuesta a una persona externa al Ayuntamiento y contratada pese a la existencia de los técnicos culturales funcionarios. Es interesante, además, que esta persona contratada sea periodista (ni siquiera “técnico”, al menos, en “cultura” o en “participación”) porque nos pone sobre la pista de lo verdaderamente importante en este caso: mostrar, transmitir, comunicar, vender, “construir identidad” (¿?).

Llegados a este punto ¿qué más nos da que el periodista escriba en su artículo “sino” por “si no” o que se escucharon “frases dilapidarias”? Aunque esto, en verdad, nos hace pensar que el corrector no es informático tampoco, sino (como mucho) tonto. Y esto en un periódico serio…

El artículo no puede tomárselo uno sino a cachondeo. Se llora con las primeras frases pero, si se salva esto, se disfruta mucho con el resto.

Sublime el uso del Erasmus para medir la multiculturalidad:

Y lo mismo sobre la fuerza que tiene Zaragoza como sitio de encuentro de las diferencias multiculturales. En este punto se recordó lo bien valorada que es la ciudad por parte de los estudiantes Erasmus.

Inenarrable la relación entre la mujer y no sé sabe qué:

No se dejó pasar por alto que falta recuperar la figura femenina, representada no tanto en una Historia escrita por hombres, como en la cultura popular y rural, que es, además, un signo propio de la identidad aragonesa.

Surrealista el encaje de la conquista de América y el exterminio indio con los Derechos Humanos (¿qué le vamos a hacer si “venden” tanto los derechos humanos como las glorias aragonesas?):

Sin embargo, quedó pendiente darle un lugar consensuado a la figura de Fernando el Católico en el imaginario de los Derechos Humanos.

Radical en sus planteamientos:

Una de las exigencias de la candidatura es que Zaragoza sea capaz de representar durante un año todas las Europas posibles.

Exquisita la apreciación final sobre el sistema de las artes:

Además, se hizo un amplio alegato a favor del rap como forma de cultura multidisciplinar, e incluso como el "arte renacentista" de los tiempos actuales.

Pues eso, que este es el rigor y la seriedad de la Capital Cultural zaragozana.

 

Cualquier lugar puede ser El Cairo. No soplan vientos propicios a la conservación de los lugares con encanto, esos de siempre, aquellos que a fuerza de verlos apenas si se les concede la importancia que tienen,  ámbitos que rezuman alma, consideración y vida acumulada. Maruja Torres nos escribe a continuación de "su hotel"  a orillas del Nilo, el que ya no va a estar más a partir del próximo año. Eleva la autora un brindis por el servicio humano del hotel. Una venta   + = - Es el espacio como valor del suelo, puro lucro global.

No obstante lo dicho, no nos conformemos. Los que somos conscientes de lo que está ocurriendo no podemos ni debemos permanecer callados. Apoyemos estos espacios comunes de alto interés social y a menudo arquitectónico y de las bellas artes. Aunque de ello no nos hable la Torres, frecuentemente estos valores se dan la mano.

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EL ALMA DE UN HOTEL

MARUJA TORRES, El País,  13/12/2009

Como buena nómada vocacional, profeso gratitud hacia aquellos hoteles en donde he sido bien acogida, bien tratada, mimada por algunos empleados más allá de sus obligaciones y de mis propinas. La calidez es lo que cuenta. En El Cairo, adonde viajo con frecuencia, tengo mi hotel junto al Nilo, y le soy leal porque me ha dado felices momentos en cada ocasión.

He dicho tengo, pero no es verdad. Tenía. A primeros de año lo clausurarán, lo demolerán, y en su lugar construirán una clínica de lujo. No me pregunten para qué tipo de enfermos. En la ruidosa orilla del río sólo pueden encontrar acomodo aquellos monjes de Silos que quieran rehabilitarse del silencio y desengancharse de la mudez y del trauma de las visitas del locuaz Aznar. Pero ellos sabrán. Ellos: la multinacional que lo adquirió con la promesa de continuar con el establecimiento hotelero y de mejorarlo. Crearon expectativas, optimismo. Viví ese momento. Ellos: los que ponen en la calle a los buenos empleados, y los dispersan. Los defraudadores.

Estos días últimos resultan de una melancolía indecible. Un trío de cuerda toca por las noches en el amplio vestíbulo, como siempre lo ha hecho; una hora antes, una arpista -cielos, todavía quedan arpistas por aquí- ha interpretado el menú de canciones típico de estos sitios, lo mismo que hace el pianista del restaurante del último piso; inevitable, La vie en rose. Pero el trío -un chelo y dos violines- interpreta con gusto bellos aires árabes, y les escucho meditabunda mientras los camareros se mueven silenciosos, y los no demasiado excesivos clientes -el hotel se derrumba, no atrae- se hacen fotografías sin fijarse en nada, con su Egipto fabricado ya en su mente. También pienso que los músicos son como los que tocaban en cubierta en la última noche del Titanic.

Mis amigos de aquí -camareros, narguileros, mozos, las señoras de los lavabos- me recibieron al llegar con más afecto que nunca, y me contaron la historia. Sienten que la nueva empresa le ha ahuyentado al hotel su alma. Porque los buenos hoteles la poseen, y la pierden cuando alguien pretende apoderarse de ella para ponerla en venta. El alma de la que mis amigos se sentían orgullosos ha desaparecido, y ellos hacen lo que pueden para mantener un eco, un recuerdo.

¿Cómo se las arreglan para conseguirlo? Trabajando bien. Sin esperanza, sin estímulos, sabiendo que se quedarán sin empleo, que nunca más volverán a reunirse formando el compacto equipo de profesionales que hasta ahora he conocido. No obstante, revolotean entre las mesas, se dirigen miradas rápidas, atienden a los escasos huéspedes como siempre lo han hecho.

En cierto modo, se rebelan. Me han confiado -después de tantas estadías mías aquí- que los encargados les roban las propinas si ven que se las doy, por eso hemos ideado un sistema de avisos que me pone alerta para cuando vienen. Sus propinas les pertenecen -la paga es mísera; las horas, muchas-, se las trabajan al precio de sus pies cansados, de su esqueleto dolorido. Hoy uno de ellos, Hisham, ha tenido que irse antes porque las lumbares le tenían fastidiado. Al salir se ha palmeado el bolsillo y ha sonreído con gracia: "My tips", ha dicho.

Y luego está Gamal, que prepara el mejor narguile de la ciudad y que es viejo y piadoso, y lleva esa señal oscura del rezo en la frente, pero que no es fanático, y cada vez que regreso me abraza como si yo fuera una hermana. ¿Adónde irá Gamal, con sus años y con el mercado tan saturado de mano de obra barata? Ojalá que algún buen hotel le acoja, y vuelva a verlo yo mirarme con sus ojitos pícaros por entre el humo de la pipa.

Son tiempos en que se rompen más almas de negocios de las que deberían, y al ocurrir este drama que no sale en los periódicos, las personas que bebían de ese espíritu, y que lo alentaban, se extravían como niños engañados.

Quizá ya nunca nos encontremos, por una decisión tomada por no sé quién en un despacho o en torno a una buena mesa. Debería existir un castigo para la gente que trafica con el modesto bien de quienes les sirven, para los que les expulsan sin conocer siquiera sus nombres.

http://www.elpais.com/est.pl?id=20091213elpepspor_1.Tes&fp=20091213&te=impresion&to=noticia&a=elpepusoceps&k=1836324107.gif

 

"Continuo interior", por Carlos Bitrián, Maria Campos, Rubén Férez e Ion Moreno

"Continuo interior", por Carlos Bitrián, Maria Campos, Rubén Férez e Ion Moreno

Continuo interior, Com(o)unidad. (Heraldo de Aragón, Suplemento extraordinario Pilar 2009)

Se le presta poca atención a la ventana, el límite entre el interior y el exterior que es a la vez ciudad y vivienda.

Suele pensarse que para mejorar la ciudad lo necesario es mejorar su espacio exterior. Y si esto es verdad, también cabe la posibilidad de pensar que lo que realmente requiera sea mirarse al interior. Y procurar que este responda con razones de justicia y equidad a la realidad objetiva de sus habitantes.

Suele pensarse que el espacio exterior es único y común. Y si esto es verdad, también cabe pensar que el espacio común de la ciudad pueda ser múltiple, conflictivo, subjetivo y fragmentado. Una ciudad mejor puede ser aquella que acepte inclusivamente todas las miradas: parecidas, diferentes o contradictorias.

De eso surge la idea de un interior continuo en un espacio mental en que caben a la vez todas las visiones fragmentarias que de la ciudad tienen los ciudadanos. De ahí que cobre importancia la ventana, que es a la vez exterior (quizá no tan objetivo) e interior (quizá no tan subjetivo) y metáfora de los infinitos ojos de la ciudad de infinitas miradas, que median entre el objeto y el sujeto, entre la colectividad y el individuo. Tal vez sea ese el lugar desde el que pueda pensarse la utópica transgresión de la ciudad mejor.

 

¡Que viva la crisis!

¡Que viva la crisis!

Despertarse en un nuevo día de crisis no tiene por qué dejar de ser esperanzador. Hoy mismo nos desayunamos con noticias magníficas: El ahorro de las familias españolas sube a su máximo histórico y las emisiones de CO2 caen como nunca lo habían hecho. ¿Y son las únicas buenas noticias de la crisis? ¡No! Se modera la deuda hipotecaria, cada vez se paralizan más proyectos de urbanización y programas de construcción, comienza a tomarse un poquito en serio el alquiler y nos vamos ahorrando los numeritos circenses de los arquitectos del mundo con sus juegos de magia y sus abracadabra aquí y allá. ¡Incluso corre peligro la Fórmula 1!

Claro, no nos olvidamos. El verdadero problema es el paro, una tragedia que atañe cada vez a más personas y que, esto sí, merece toda la seriedad y preocupación. Pero tal vez la solución esté por aquí: en la construcción de un mercado laboral y de un contexto social que sea justo y que no vincule el empleo a la destrucción del territorio, el consumo exacerbado, la emisión de CO2 y la degradación del medio ambiente.

Quizá podría empezarse metiendo mano a las SICAV

 

APUDEPA, con el Juez Garzón

APUDEPA, con el Juez Garzón

 

Que a uno le trinquen en este país es difícil. Que le trinquen por prevaricar es más complicado aún. Y resulta que al único Juez de España que ha visto delito en los crímenes y desapariciones del exterminio y la atroz represión franquista (que así hay que llamarlos) se le llama a declarar como imputado por prevaricación, con la razón significativa de que el juez “debería saber que esas cosas no se pueden juzgar en España”.

Este país necesita una reflexión seria sobre su memoria histórica, de la manera en que ya ha sido llevada a cabo en otros países de Europa que, en vez de la Guerra Civil, sufrieron la II Guerra Mundial. Es un asunto delicado, sin duda, que debe desarrollarse con serenidad y lucidez, pero precisamente por eso con luz. En esto tienen gran mérito las asociaciones que luchas con tanto esfuerzo, tanta voluntad y generosidad, por la recuperación de la memoria. Mientras tanto, desde APUDEPA apoyamos la causa abierta por el Juez Garzón y, simbólicamente, le aplaude y le apoya.

 

"Desolación de volver", por Antonio Muñoz Molina

No vamos a tratar del síndrome posvacacional, pese a que a muchos de nosotros el título del artículo de Muñoz Molina es también el título de septiembre...

El caso es que compartimos con los lectores del Blog, por su interés, este artículo de Antonio Muñoz Molina publicado por el diario El País en la edición de su suplement Babelia de 5 de septiembre de 2009.

Desde una esquina en la zona de sombra en la que me he apoyado para leer el periódico miro la plaza que he recordado e imaginado tantas veces, la que está igual de arraigada en mi memoria infantil que en los mundos de ficción que he ido inventando a lo largo de mi vida, hasta el punto de que a veces ni yo mismo sé distinguir en qué medida estoy invocando un recuerdo verdadero o proyectando sobre el pasado un episodio de novela. Vista con ojos objetivos, la plaza no tiene nada o casi nada de extraordinario, salvo la torre del reloj, que forma parte de una muralla medieval. Es una plaza austera, menos andaluza que castellana, con soportales en dos lados, con edificios poco memorables que sin embargo, en conjunto, dan una modesta impresión de carácter, de lugar verdadero. En los soportales solía haber carritos en los que se vendían pipas, cacahuetes tostados, pequeños juguetes; también se vendían y se alquilaban tebeos. Había una farmacia, una tienda de lanas, un almacén de tejidos, la sede de un banco en el que trabajaba de cajero el padre de un amigo mío. Íbamos a verlo y estaba detrás de su ventanilla con barrotes dorados, y a mí me impresionaba lo blancas que eran sus manos, por contraste con las de mi padre, y la velocidad asombrosa a la que contaba los billetes.

En la zona central de la plaza se levanta sobre una base de figuras alegóricas talladas en piedra la estatua en bronce del general Saro, picoteada de agujeros de disparos. En los primeros años veinte el general Saro dirigió no sé qué campaña victoriosa en la guerra de Marruecos; en el verano de 1936 un pelotón anarquista lo fusiló en efigie, dado que ya estaba muerto. Durante años, con motivo de alguna de las muchas reformas que la plaza ha padecido, la estatua desapareció, porque algún analfabeto con cargo municipal -en la política española el analfabetismo es un mérito casi tan valorado como la desvergüenza- debió de pensar que siendo de un militar tenía que ser de un militar franquista. Me cuentan que se pensó sustituirla por una escultura más acorde con los nuevos tiempos de reglamentaria cultura andaluza, un monumento al penitente. El general Saro sobrevivió, dramático y sereno, con sus agujeros negros de disparos en la cabeza y en el pecho y su mirada hacia el sur, pero a su alrededor la plaza que desde hace mucho ya no lleva su nombre fue sometida a una de esas modernizaciones que gustan tanto a las autoridades locales: de los jardines, de los bancos, de las acacias y los aligustres sobre cuyas copas sobresalía la cabeza del general no quedó ni rastro, si bien en su lugar se pusieron unos coquetos maceteros de hierro forjado con la "U" de Úbeda artísticamente inscrita en cada uno de ellos, y se coronó todo con la boca enorme de un aparcamiento subterráneo y con la torre del ascensor correspondiente.

La primera vez que vi lo que habían hecho con esa plaza que era el corazón de mi ciudad se me puso en la garganta un nudo de congoja. Ahora vuelvo y la miro y la costumbre no mitiga el escándalo. Con la lógica peculiar de la renovación urbana, se ha considerado que en una ciudad donde hay varios meses de calores saharianos su plaza central no necesita árboles, salvo un par de naranjos escuálidos que difícilmente pueden prosperar en los inviernos mesetarios. A mediodía, desde mi esquina a la sombra, alzando los ojos del periódico, veo a la gente que se atreve a cruzar la plaza arriesgándose a un síncope, buscando a toda prisa el alivio de los soportales. Aparte de sus ventajas estéticas, el aparcamiento tiene la virtud práctica de atraer más tráfico hacia el centro de la ciudad, atascando las calles estrechas que llevan a él, algunas de las cuales están además levantadas gracias a la misma catástrofe de obras en gran medida innecesarias que azota al país entero. Algunos de los coches que hacen cola para entrar en el aparcamiento llevan las ventanillas abiertas y emiten a volumen sísmico una música de discoteca al parecer muy del agrado de los policías municipales que pastorean el tráfico.

En las noches calurosas, con los balcones abiertos, la música de los coches, los rugidos de las motos y la algarabía alcohólica del botellón animan las plazuelas y los callejones de mi barrio de San Lorenzo, que de otro modo estarían sumidas en un anticuado silencio. Iglesias y palacios se van hundiendo literalmente en el abandono mientras se tiran ríos de dinero cambiando sin ninguna necesidad antiguos pavimentos enlosados o empedrados por groseros baldosones de terrazo. Vuelvo a la hermosa plaza de Santa María y no puedo cruzar su limpia perspectiva porque está entera convertida en una zanja. Un amigo que vive en la ciudad me cuenta que los trabajadores, como no disponen de instalaciones con aseos, usan como urinario la fachada de la iglesia del Salvador.

En el curso de una generación se ha destruido para siempre lo que tardó siglos en hacerse. Lo que se está robando a quienes vengan detrás no es una memoria sentimental y un paisaje urbano que fue único, sino también una forma de disfrute de la vida y de prosperidad. Donde hubo perspectivas de huertas y de casas blancas que llamaban desde los caminos lejanos ahora hay bloques horrendos que se amontonan los unos sobre los otros para mayor beneficio de los constructores. Viajando por Europa uno descubre con envidia cómo en pueblos pequeños y en ciudades provinciales el cuidado en la preservación de lo más valioso del legado del tiempo es perfectamente compatible con el progreso tecnológico y tiene la ventaja práctica de hacer la vida más gustosa y crear una duradera riqueza: en España se empieza por arrasarlo todo. Cuanto más se alimentaban los orgullos locales y las lealtades vernáculas a lo largo de los últimos treinta años más impunemente se han destruido los paisajes. El orgullo local separado de la conciencia cívica es paletería, igual que el patriotismo sin ciudadanía es fanatismo. Se inventan pasados y se alimentan nostalgias rústicas al mismo tiempo que se impone la ignorancia y se borran las huellas del pasado verdadero, el que habría sido tan fértil para mejorar el porvenir.

Hace treinta años, en una de tantas idas y venidas, volví a mi ciudad para votar por primera vez en mi vida en unas elecciones municipales. Pensábamos que la democracia iba a traer a las ciudades un aire limpio de ilustración y racionalidad, espacios públicos rescatados del abandono y la roña franquista de los especuladores. Me paseo por Úbeda, entre zanjas y mugre, entre el deterioro de lo abandonado y la ostentación palurda de lo que no había necesidad de cambiar, me adhiero a una pared para que no me atropelle un coche con la música a todo volumen en una calle estrecha. Ya sé que en todas partes sucede lo mismo, que el gobierno de las ciudades españolas es un grosero catálogo de venalidad e incompetencia: pero sólo en ésta el escándalo político se me convierte en íntima desolación.

"Ciudades sin civilización", por Antonio Muñoz Molina

"Ciudades sin civilización", por Antonio Muñoz Molina

Por su interés, presentamos el siguiente artículo de Antonio Muñoz Molina, publicado por el diario El País en la edición de 22 de agosto de 2009 (Suplemento Babelia). Una buena lectura para afrontar los últimos días de agosto...

No puede haber civilización sin ciudades", escribe Saul Bellow, "pero hay ciudades sin civilización". Él se refiere a Chicago, la ciudad de los terribles inviernos sin misericordia de la gran Depresión; yo leo la novela en la que vienen esas palabras, The Adventures of Augie March, una mañana de agosto, en Madrid, sentado al fresco de los plátanos y los magnolios gigantes del paseo del Prado, que es una de las islas más indudables de civilización que pueden encontrarse en una ciudad europea, y por donde paso tantas veces camino de algunas de las instituciones más civilizadas que conozco: el Museo del Prado, la Real Academia, el Thyssen, el Botánico, el Reina Sofía, las librerías de viejo de la cuesta de Moyano, sin olvidar el añadido más reciente, la extraordinaria sede de la Fundación La Caixa, con su jardín vertical y sus viejos muros de ladrillo como suspendidos en el aire, una nave industrial de hace un siglo levantada sin peso en la ciudad del presente.

Uno de los rasgos de la civilización es que siempre es más frágil de lo que parece y siempre está amenazada. Un poco más arriba del paseo del Prado y del de Recoletos se abrió en la ciudad en los primeros años setenta el cráter imperdonable de la plaza de Colón, que no es una plaza sino un descampado sin alma de torres especulativas y tráfico como de autopista, con algo de urbanismo apocalíptico suramericano. En el paseo del Prado y en Recoletos se puede caminar siempre al amparo de los árboles: en Colón uno se ve arrojado a una intemperie de sol homicida o de vientos invernales, arreado en manadas para cruzar a toda prisa los pasos de cebra. La llamada plaza de Colón es una muestra infame de lo que estaban haciendo con las ciudades los planificadores, los teóricos del urbanismo y los grandes expertos en los años sesenta y setenta, cuando la capitulación institucional ante los intereses de los especuladores y de los fabricantes de coches aún se revestía con la máscara conveniente de la modernidad, del progreso implacable. Le Corbusier y sus discípulos alumbraban el camino del porvenir, que más que un camino resultaba ser una gran trama de autopistas. Hasta bien entrado el siglo XX las tecnologías del transporte colectivo se habían integrado sin quebranto en el tejido de las ciudades y habían contribuido a su expansión orgánica: las líneas de metro y de tranvías permitían el nacimiento de nuevos vecindarios hechos a la medida de los pasos humanos; los tranvías circulaban con la misma eficacia por las calles sinuosas de los cascos antiguos y por las perspectivas despejadas en las que las ciudades se abrían al campo. Cuando yo llegué a Granada, en 1974, acababan de clausurarse las líneas de tranvías, que comunicaban el centro de la ciudad con la Vega del Genil y con las estribaciones de Sierra Nevada. En Granada todavía quedan nostálgicos del tranvía de la Sierra, construido por un ingeniero ilustrado que se llamaba Santa Cruz, al que fusilaron los matarifes falangistas en el verano de 1936. Uno tomaba el tranvía en una acera arbolada de la ciudad y subía en él por la orilla del Genil hasta las laderas colosales del Veleta.

Los terribles expertos dictaminaron que cualquier obstáculo que se interpusiera a la circulación de los coches merecía acabar en los mismos basureros de la Historia a los que según Trotski estaban condenados quienes se resistieran a la revolución soviética. Para el advenimiento de la nueva civilización las ciudades resultaban un enojoso obstáculo. No sólo estaban hechas de calles estrechas y de edificios vulgares agregados a lo largo de épocas diversas: también estaban habitadas. Y la gente que las habitaba vivía y trabajaba en un desorden que sacaba de quicio a los entendidos, partidarios de que cada cosa se hiciera racionalmente en su sitio, de acuerdo con los planes utópicos que ellos mismos diseñaban, llenos de preocupación paternal por el bienestar de ese populacho, pero poco amigos de observar de cerca cómo eran sus vidas. El remedio contra los males, desde luego verdaderos, del hacinamiento y la pobreza, era el derribo, y tras él la autopista y la imposición del coche. A la destrucción de los barrios populares de Nueva York el planificador urbano Robert Moses le daba un nombre inapelable, aunque también involuntariamente siniestro: "La guadaña del progreso".

En los primeros años cincuenta la guadaña del progreso se disponía a llevarse por delante algunos de los lugares más civilizados de Manhattan: una autopista de diez carriles iba a atravesar el Soho, Little Italy, Chinatown y el Lower East Side. Uno nunca llega a saber de verdad lo precaria que es la civilización, lo peligroso que es dar nada por supuesto: para agradecer de corazón la delicia de pasear por Washington Square, distraerse mirando a los músicos o a los saltimbanquis callejeros o a los jugadores de ajedrez, sentarse en el césped y distinguir las primeras torres de la Quinta Avenida por encima de las copas de los árboles, conviene tener presente que todo eso estuvo a punto de ser destruido hace ahora cincuenta años, porque justo por ese lugar Robert Moses había decretado que pasaría otra autopista. La guadaña del progreso no actúa por capricho: si el tráfico ha de fluir a tanta velocidad como sea posible a través de la isla, lo racional, lo inevitable, es abrirle paso.

Washington Square no fue salvada por ningún arquitecto. Ningún experto en urbanismo alzó entonces su voz contra lo que hoy nos parece un delito inconcebible. Washington Square existe ahora gracias a una mujer, Jane Jacobs, tan poco experta en nada que ni siquiera tenía un título universitario. Vivía cerca, en la calle Hudson, en el corazón del Village, y llevaba a sus hijos a jugar a la plaza. Sus primeras camaradas en la sublevación urbana fueron las madres de los amigos de sus hijos, "unas cuantas locas con carritos de niños", según dijo Robert Moses, con la furia despectiva de los grandes expertos cuando alguien sin más cualificación que el sentido común se atreve a llevarles la contraria. En 1961, cuando Washington Square y las calles del Village ya no corrían peligro gracias al movimiento de rebeldía iniciado por ella, Jane Jacobs escribió su hermoso manifiesto en defensa de las ciudades caminadas y vividas, The Death and Life of Great American Cities. Murió el año pasado, una anciana diminuta y bravía comprometida hasta el final en la defensa de esa forma frágil y necesaria de vida en común que es la civilización y que no puede existir sin las ciudades. Un libro recién salido -Wrestling with Moses, de Anthony Flint- cuenta la crónica de su rebelión y conmemora su legado. En el corazón desventrado de Madrid, lleno de zanjas y de máquinas empeñadas en obras demenciales por culpa de un alcalde ebrio de megalomanía y de despilfarro que ahora amenaza insensatamente el paseo del Prado, yo me acuerdo de Jane Jacobs y me pregunto melancólicamente si sería posible aquí una rebelión como la suya, un levantamiento cívico que salve a Madrid de expertos y de políticos y de especulares y le permita ser una ciudad civilizada.