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APUDEPA

Esto también es patrimonio

Esto también es patrimonio

Nuestro amigo Vicente nos remite esta fotografía de la Iglesia de Pintano, en las Altas Cinco Villas. Como pueden comprobar, un ejemplo interesante de la arquitectura religiosa del Pirineo… Estructura del gótico tardío y ornamentación barroca (fíjense cómo se adecúa la mazonería del retablo barroco a las formas apuntadas de la cabecera…) crean un espacio a la vez íntimo y trascendente. ¿Pero se han fijado en la disparatada operación que ha dejado completamente desnuda la mampostería de los muros de la fábrica? Esta manía de eliminar los enlucidos y revestimientos, además de un peligro para los estratos históricos que pudieran conservarse (tales como pinturas murales, incluso) desvirtúa las características del espacio y de la construcción históricos.

 

 

Lo que nos faltaba

Lo que nos faltaba

La UNESCO, lo saben ustedes, es la institución más importante en relación con la cultura (oficial) del mundo. Con un componente diplomático muy importante, no en vano es la Organización de las Naciones Unidas para la Cultura, la Educación y la Ciencia, la UNESCO gestiona (entre otras materias) la famosa categoría “Patrimonio de la Humanidad”, que se otorga a los lugares del mundo que, a juicio de la Organización, representan los más importantes valores culturales y naturales del mundo. En los últimos tiempos, la UNESCO ha mantenido una postura interesante en relación con esto, llegando incluso a descatalogar lugares que, pese a contar con esta catalogación, han sido reiteradamente maltratados por las sociedades y administraciones concernidas. Pronto puede ser el caso del Camino de Santiago, que cuenta con proyectos aberrantes en el trazado histórico como el del recrecimiento del embalse de Yesa, en las Altas Cinco Villas.

Pues bien, estos días nos sorprendemos con las votaciones para la elección de la nueva Dirección General. Y es que resulta que el principal candidato, y el apoyado oficialmente por España, es el ministro de Cultura de Egipo, Farouk Hosny. No es que nos interesen demasiado este tipo de nombramientos, pues más bien en esto nuestro escepticismo nos lleva frecuentemente a la “presunción de culpabilidad” de todo aquel que se sitúa bien en los grupos de poder. Pero lo de Hosny nos llega al alma, porque hemos conocido que este señor declaró en 2008 que “él mismo quemaría todos los libros israelíes de las librerías egipcias”. Además de asombroso, nos parece bochornoso que los países ensalcen en la UNESCO a quien da muestras de ser un descerebrado que antepone sus ideas xenófobas a la promoción de la cultura universal.  ¿Cómo es posible que se plantee siquiera tal candidatura? ¿No queda invalidado para ejercer un cargo mundial en materia de cultura quien así se manifiesta ? ¿Qué puede hacer un tipo así al frente de la Organización de las Naciones Unidas para la Cultura? Pues eso: lo que nos faltaba.

 

APUDEPA, con el Juez Garzón

APUDEPA, con el Juez Garzón

 

Que a uno le trinquen en este país es difícil. Que le trinquen por prevaricar es más complicado aún. Y resulta que al único Juez de España que ha visto delito en los crímenes y desapariciones del exterminio y la atroz represión franquista (que así hay que llamarlos) se le llama a declarar como imputado por prevaricación, con la razón significativa de que el juez “debería saber que esas cosas no se pueden juzgar en España”.

Este país necesita una reflexión seria sobre su memoria histórica, de la manera en que ya ha sido llevada a cabo en otros países de Europa que, en vez de la Guerra Civil, sufrieron la II Guerra Mundial. Es un asunto delicado, sin duda, que debe desarrollarse con serenidad y lucidez, pero precisamente por eso con luz. En esto tienen gran mérito las asociaciones que luchas con tanto esfuerzo, tanta voluntad y generosidad, por la recuperación de la memoria. Mientras tanto, desde APUDEPA apoyamos la causa abierta por el Juez Garzón y, simbólicamente, le aplaude y le apoya.

 

"Desolación de volver", por Antonio Muñoz Molina

No vamos a tratar del síndrome posvacacional, pese a que a muchos de nosotros el título del artículo de Muñoz Molina es también el título de septiembre...

El caso es que compartimos con los lectores del Blog, por su interés, este artículo de Antonio Muñoz Molina publicado por el diario El País en la edición de su suplement Babelia de 5 de septiembre de 2009.

Desde una esquina en la zona de sombra en la que me he apoyado para leer el periódico miro la plaza que he recordado e imaginado tantas veces, la que está igual de arraigada en mi memoria infantil que en los mundos de ficción que he ido inventando a lo largo de mi vida, hasta el punto de que a veces ni yo mismo sé distinguir en qué medida estoy invocando un recuerdo verdadero o proyectando sobre el pasado un episodio de novela. Vista con ojos objetivos, la plaza no tiene nada o casi nada de extraordinario, salvo la torre del reloj, que forma parte de una muralla medieval. Es una plaza austera, menos andaluza que castellana, con soportales en dos lados, con edificios poco memorables que sin embargo, en conjunto, dan una modesta impresión de carácter, de lugar verdadero. En los soportales solía haber carritos en los que se vendían pipas, cacahuetes tostados, pequeños juguetes; también se vendían y se alquilaban tebeos. Había una farmacia, una tienda de lanas, un almacén de tejidos, la sede de un banco en el que trabajaba de cajero el padre de un amigo mío. Íbamos a verlo y estaba detrás de su ventanilla con barrotes dorados, y a mí me impresionaba lo blancas que eran sus manos, por contraste con las de mi padre, y la velocidad asombrosa a la que contaba los billetes.

En la zona central de la plaza se levanta sobre una base de figuras alegóricas talladas en piedra la estatua en bronce del general Saro, picoteada de agujeros de disparos. En los primeros años veinte el general Saro dirigió no sé qué campaña victoriosa en la guerra de Marruecos; en el verano de 1936 un pelotón anarquista lo fusiló en efigie, dado que ya estaba muerto. Durante años, con motivo de alguna de las muchas reformas que la plaza ha padecido, la estatua desapareció, porque algún analfabeto con cargo municipal -en la política española el analfabetismo es un mérito casi tan valorado como la desvergüenza- debió de pensar que siendo de un militar tenía que ser de un militar franquista. Me cuentan que se pensó sustituirla por una escultura más acorde con los nuevos tiempos de reglamentaria cultura andaluza, un monumento al penitente. El general Saro sobrevivió, dramático y sereno, con sus agujeros negros de disparos en la cabeza y en el pecho y su mirada hacia el sur, pero a su alrededor la plaza que desde hace mucho ya no lleva su nombre fue sometida a una de esas modernizaciones que gustan tanto a las autoridades locales: de los jardines, de los bancos, de las acacias y los aligustres sobre cuyas copas sobresalía la cabeza del general no quedó ni rastro, si bien en su lugar se pusieron unos coquetos maceteros de hierro forjado con la "U" de Úbeda artísticamente inscrita en cada uno de ellos, y se coronó todo con la boca enorme de un aparcamiento subterráneo y con la torre del ascensor correspondiente.

La primera vez que vi lo que habían hecho con esa plaza que era el corazón de mi ciudad se me puso en la garganta un nudo de congoja. Ahora vuelvo y la miro y la costumbre no mitiga el escándalo. Con la lógica peculiar de la renovación urbana, se ha considerado que en una ciudad donde hay varios meses de calores saharianos su plaza central no necesita árboles, salvo un par de naranjos escuálidos que difícilmente pueden prosperar en los inviernos mesetarios. A mediodía, desde mi esquina a la sombra, alzando los ojos del periódico, veo a la gente que se atreve a cruzar la plaza arriesgándose a un síncope, buscando a toda prisa el alivio de los soportales. Aparte de sus ventajas estéticas, el aparcamiento tiene la virtud práctica de atraer más tráfico hacia el centro de la ciudad, atascando las calles estrechas que llevan a él, algunas de las cuales están además levantadas gracias a la misma catástrofe de obras en gran medida innecesarias que azota al país entero. Algunos de los coches que hacen cola para entrar en el aparcamiento llevan las ventanillas abiertas y emiten a volumen sísmico una música de discoteca al parecer muy del agrado de los policías municipales que pastorean el tráfico.

En las noches calurosas, con los balcones abiertos, la música de los coches, los rugidos de las motos y la algarabía alcohólica del botellón animan las plazuelas y los callejones de mi barrio de San Lorenzo, que de otro modo estarían sumidas en un anticuado silencio. Iglesias y palacios se van hundiendo literalmente en el abandono mientras se tiran ríos de dinero cambiando sin ninguna necesidad antiguos pavimentos enlosados o empedrados por groseros baldosones de terrazo. Vuelvo a la hermosa plaza de Santa María y no puedo cruzar su limpia perspectiva porque está entera convertida en una zanja. Un amigo que vive en la ciudad me cuenta que los trabajadores, como no disponen de instalaciones con aseos, usan como urinario la fachada de la iglesia del Salvador.

En el curso de una generación se ha destruido para siempre lo que tardó siglos en hacerse. Lo que se está robando a quienes vengan detrás no es una memoria sentimental y un paisaje urbano que fue único, sino también una forma de disfrute de la vida y de prosperidad. Donde hubo perspectivas de huertas y de casas blancas que llamaban desde los caminos lejanos ahora hay bloques horrendos que se amontonan los unos sobre los otros para mayor beneficio de los constructores. Viajando por Europa uno descubre con envidia cómo en pueblos pequeños y en ciudades provinciales el cuidado en la preservación de lo más valioso del legado del tiempo es perfectamente compatible con el progreso tecnológico y tiene la ventaja práctica de hacer la vida más gustosa y crear una duradera riqueza: en España se empieza por arrasarlo todo. Cuanto más se alimentaban los orgullos locales y las lealtades vernáculas a lo largo de los últimos treinta años más impunemente se han destruido los paisajes. El orgullo local separado de la conciencia cívica es paletería, igual que el patriotismo sin ciudadanía es fanatismo. Se inventan pasados y se alimentan nostalgias rústicas al mismo tiempo que se impone la ignorancia y se borran las huellas del pasado verdadero, el que habría sido tan fértil para mejorar el porvenir.

Hace treinta años, en una de tantas idas y venidas, volví a mi ciudad para votar por primera vez en mi vida en unas elecciones municipales. Pensábamos que la democracia iba a traer a las ciudades un aire limpio de ilustración y racionalidad, espacios públicos rescatados del abandono y la roña franquista de los especuladores. Me paseo por Úbeda, entre zanjas y mugre, entre el deterioro de lo abandonado y la ostentación palurda de lo que no había necesidad de cambiar, me adhiero a una pared para que no me atropelle un coche con la música a todo volumen en una calle estrecha. Ya sé que en todas partes sucede lo mismo, que el gobierno de las ciudades españolas es un grosero catálogo de venalidad e incompetencia: pero sólo en ésta el escándalo político se me convierte en íntima desolación.

"Ciudades sin civilización", por Antonio Muñoz Molina

"Ciudades sin civilización", por Antonio Muñoz Molina

Por su interés, presentamos el siguiente artículo de Antonio Muñoz Molina, publicado por el diario El País en la edición de 22 de agosto de 2009 (Suplemento Babelia). Una buena lectura para afrontar los últimos días de agosto...

No puede haber civilización sin ciudades", escribe Saul Bellow, "pero hay ciudades sin civilización". Él se refiere a Chicago, la ciudad de los terribles inviernos sin misericordia de la gran Depresión; yo leo la novela en la que vienen esas palabras, The Adventures of Augie March, una mañana de agosto, en Madrid, sentado al fresco de los plátanos y los magnolios gigantes del paseo del Prado, que es una de las islas más indudables de civilización que pueden encontrarse en una ciudad europea, y por donde paso tantas veces camino de algunas de las instituciones más civilizadas que conozco: el Museo del Prado, la Real Academia, el Thyssen, el Botánico, el Reina Sofía, las librerías de viejo de la cuesta de Moyano, sin olvidar el añadido más reciente, la extraordinaria sede de la Fundación La Caixa, con su jardín vertical y sus viejos muros de ladrillo como suspendidos en el aire, una nave industrial de hace un siglo levantada sin peso en la ciudad del presente.

Uno de los rasgos de la civilización es que siempre es más frágil de lo que parece y siempre está amenazada. Un poco más arriba del paseo del Prado y del de Recoletos se abrió en la ciudad en los primeros años setenta el cráter imperdonable de la plaza de Colón, que no es una plaza sino un descampado sin alma de torres especulativas y tráfico como de autopista, con algo de urbanismo apocalíptico suramericano. En el paseo del Prado y en Recoletos se puede caminar siempre al amparo de los árboles: en Colón uno se ve arrojado a una intemperie de sol homicida o de vientos invernales, arreado en manadas para cruzar a toda prisa los pasos de cebra. La llamada plaza de Colón es una muestra infame de lo que estaban haciendo con las ciudades los planificadores, los teóricos del urbanismo y los grandes expertos en los años sesenta y setenta, cuando la capitulación institucional ante los intereses de los especuladores y de los fabricantes de coches aún se revestía con la máscara conveniente de la modernidad, del progreso implacable. Le Corbusier y sus discípulos alumbraban el camino del porvenir, que más que un camino resultaba ser una gran trama de autopistas. Hasta bien entrado el siglo XX las tecnologías del transporte colectivo se habían integrado sin quebranto en el tejido de las ciudades y habían contribuido a su expansión orgánica: las líneas de metro y de tranvías permitían el nacimiento de nuevos vecindarios hechos a la medida de los pasos humanos; los tranvías circulaban con la misma eficacia por las calles sinuosas de los cascos antiguos y por las perspectivas despejadas en las que las ciudades se abrían al campo. Cuando yo llegué a Granada, en 1974, acababan de clausurarse las líneas de tranvías, que comunicaban el centro de la ciudad con la Vega del Genil y con las estribaciones de Sierra Nevada. En Granada todavía quedan nostálgicos del tranvía de la Sierra, construido por un ingeniero ilustrado que se llamaba Santa Cruz, al que fusilaron los matarifes falangistas en el verano de 1936. Uno tomaba el tranvía en una acera arbolada de la ciudad y subía en él por la orilla del Genil hasta las laderas colosales del Veleta.

Los terribles expertos dictaminaron que cualquier obstáculo que se interpusiera a la circulación de los coches merecía acabar en los mismos basureros de la Historia a los que según Trotski estaban condenados quienes se resistieran a la revolución soviética. Para el advenimiento de la nueva civilización las ciudades resultaban un enojoso obstáculo. No sólo estaban hechas de calles estrechas y de edificios vulgares agregados a lo largo de épocas diversas: también estaban habitadas. Y la gente que las habitaba vivía y trabajaba en un desorden que sacaba de quicio a los entendidos, partidarios de que cada cosa se hiciera racionalmente en su sitio, de acuerdo con los planes utópicos que ellos mismos diseñaban, llenos de preocupación paternal por el bienestar de ese populacho, pero poco amigos de observar de cerca cómo eran sus vidas. El remedio contra los males, desde luego verdaderos, del hacinamiento y la pobreza, era el derribo, y tras él la autopista y la imposición del coche. A la destrucción de los barrios populares de Nueva York el planificador urbano Robert Moses le daba un nombre inapelable, aunque también involuntariamente siniestro: "La guadaña del progreso".

En los primeros años cincuenta la guadaña del progreso se disponía a llevarse por delante algunos de los lugares más civilizados de Manhattan: una autopista de diez carriles iba a atravesar el Soho, Little Italy, Chinatown y el Lower East Side. Uno nunca llega a saber de verdad lo precaria que es la civilización, lo peligroso que es dar nada por supuesto: para agradecer de corazón la delicia de pasear por Washington Square, distraerse mirando a los músicos o a los saltimbanquis callejeros o a los jugadores de ajedrez, sentarse en el césped y distinguir las primeras torres de la Quinta Avenida por encima de las copas de los árboles, conviene tener presente que todo eso estuvo a punto de ser destruido hace ahora cincuenta años, porque justo por ese lugar Robert Moses había decretado que pasaría otra autopista. La guadaña del progreso no actúa por capricho: si el tráfico ha de fluir a tanta velocidad como sea posible a través de la isla, lo racional, lo inevitable, es abrirle paso.

Washington Square no fue salvada por ningún arquitecto. Ningún experto en urbanismo alzó entonces su voz contra lo que hoy nos parece un delito inconcebible. Washington Square existe ahora gracias a una mujer, Jane Jacobs, tan poco experta en nada que ni siquiera tenía un título universitario. Vivía cerca, en la calle Hudson, en el corazón del Village, y llevaba a sus hijos a jugar a la plaza. Sus primeras camaradas en la sublevación urbana fueron las madres de los amigos de sus hijos, "unas cuantas locas con carritos de niños", según dijo Robert Moses, con la furia despectiva de los grandes expertos cuando alguien sin más cualificación que el sentido común se atreve a llevarles la contraria. En 1961, cuando Washington Square y las calles del Village ya no corrían peligro gracias al movimiento de rebeldía iniciado por ella, Jane Jacobs escribió su hermoso manifiesto en defensa de las ciudades caminadas y vividas, The Death and Life of Great American Cities. Murió el año pasado, una anciana diminuta y bravía comprometida hasta el final en la defensa de esa forma frágil y necesaria de vida en común que es la civilización y que no puede existir sin las ciudades. Un libro recién salido -Wrestling with Moses, de Anthony Flint- cuenta la crónica de su rebelión y conmemora su legado. En el corazón desventrado de Madrid, lleno de zanjas y de máquinas empeñadas en obras demenciales por culpa de un alcalde ebrio de megalomanía y de despilfarro que ahora amenaza insensatamente el paseo del Prado, yo me acuerdo de Jane Jacobs y me pregunto melancólicamente si sería posible aquí una rebelión como la suya, un levantamiento cívico que salve a Madrid de expertos y de políticos y de especulares y le permita ser una ciudad civilizada.

APUDEPA denuncia nuevos y graves daños en la necrópolis medieval de San Grimién, en Hecho

APUDEPA denuncia nuevos y graves daños en la necrópolis medieval de San Grimién, en Hecho

Fotografía APUDEPA: arriba, 2008; abajo, 2009. La Asociación alerta del mal estado del yacimiento, pide decoro y denuncia el abandono y la dejación institucional. La Asociación de Acción Pública para la Defensa del Patrimonio Aragonés, APUDEPA, ha podido constatar durante su última visita de inspección que la Necrópolis de San Grimién en Hecho ha sufrido nuevos y graves daños desde que el año pasado la Asociación denunciara el mal estado y el abandono del yacimiento.

Desde que APUDEPA pusiera en conocimiento de las administraciones el abandono de la necrópolis, y pese a la airada reacción del Ayuntamiento de Hecho en aquella ocasión, nada se ha hecha desde las instituciones para mejorar su estado.

La dejación institucional ha provocado que varias de las tumbas hayan sufrido graves daños tales como desprendimiento de lajas o pérdida y esparcimiento de los restos humanos, como se muestra en las fotografías adjuntas. Si el yacimiento continúa así los daños serán todavía mayores.

Alguna de las tumbas que se encuentra en mejor estado está cubierta desde hace años por sábanas indecentes ancladas por piedras del lugar, totalmente expuestas a la acción humana y a la intemperie.

APUDEPA solicita de nuevo, en consecuencia, que las administraciones implicadas tomen las medidas oportunas para asegurar la información que el yacimiento contiene, su conservación y el decoro y respeto a los restos humanos conservados.

APUDEPA, 18 de agosto de 2009

 

APUDEPA alerta de que en el Fleta no caben las instalaciones que se anuncian si aspiran a funcionar a pleno rendimiento

APUDEPA pide que para evitar nuevos errores el pliego del nuevo proyecto se someta a los agentes relacionados con las artes escénicas, a las asociaciones y a los expertos. El edificio central de la Filmoteca de Cataluña cuenta por sí sólo con 6000 m2 frente a los 5000 actuales del Fleta. La Asociación de Acción Pública para la Defensa del Patrimonio Aragonés, que está esperanzada con las noticias publicadas sobre la conservación del Teatro Fleta, considera sin embargo que el nuevo proyecto puede volver a ser un fracaso si la Diputación General no cuenta en su desarrollo con los agentes sociales relacionados con las artes escénicas y el sector audiovisual, con los expertos y los ciudadanos afectados. APUDEPA recuerda que el proyecto inicial fracasó precisamente por una nefasta planificación de los usos. La Asociación recuerda que desde hace medio año solicita al Gobierno información sobre el nuevo proyecto sin obtener respuesta alguna.

APUDEPA alerta de que los usos anunciados no son compatibles con el Teatro Fleta si se aspira a que las instalaciones funcionen a pleno rendimiento. Así, las necesidades de un Teatro “Nacional” o de una buena Filmoteca no pueden tener una buena convivencia en el Teatro Fleta si aspiran a ser instituciones de referencia. El Fleta cuenta con unos 5000 m2 y, con la ampliación prevista (si es que es compatible con el edificio) la superficie se doblará. Sin embargo, la Filmoteca de Barcelona (la Española en Madrid es mucho mayor), de nueva construcción, cuenta por sí sola con 6000 m2 y un almacén en Terrassa de 3000 m2 más. El Centro Dramático de Aragón requiere también de grandes instalaciones, con espacios técnicos y para los actores y espacios de gestión y ensayo, además de los destinados al espectador y al visitante. Cada una de estas instituciones, por sí sola, podría llenar el Teatro Fleta y por ello son previsibles problemas en el funcionamiento diario de ambos (si es que aspiran a una actividad ambiciosa) que desemboquen en el futuro en nuevos proyectos.

Las dudas son todavía mayores si se tiene en cuenta el anuncio de que el Fleta será la sede administrativa de la Corporación Aragonesa de Radio y Televisión, decisión incomprensible dado que el Gobierno anunció hace un tiempo su ubicación, mucho más lógica, en un edificio de nueva construcción anejo al Centro de Producción del Actur. Es allí también donde tendría más sentido el nuevo proyecto Aragón Audiovisual.

Parece que lo que se pretende es, o una baja intensidad en el funcionamiento de las instituciones culturales, o que el Fleta sea la sede de todas las instituciones un poco pero de ninguna completamente. Ello conllevará una cierta provisionalidad y que todas las instalaciones tengan servicios repartidos por la ciudad con la consiguiente pérdida de eficacia en el funcionamiento y la gestión.

Por todo ello, es preciso y urgente que el Departamento de Educación, Cultura y Deporte, junto al Ayuntamiento de Zaragoza en lo que respecta a la Filmoteca, proceda a explicar cuáles son las previsiones concretas, con indicación de las características y de la superficie prevista para cada una de las 4 instalaciones. A priori, APUDEPA considera que lo más lógico es que el Fleta sea la sede del Centro Dramático de Aragón (de las artes escénicas), uso compatible con la celebración en su gran sala de ceremonias, festivales y proyecciones.

 

Hazlo por ella

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